Se encuentra usted aquíAMARILLO, EL PICHÓN LUCHADOR.

AMARILLO, EL PICHÓN LUCHADOR.


Imagen de Marino Carlos Reboso

Por Marino Carlos Reboso - Publicado el 01 Abril 2015

Había una vez, en un pueblecito llamado Tinajo, en la isla de Lanzarote, unos niños hermanos mellizos, que junto a su papá, compartían la afición de cuidar y entrenar un pequeño palomar de palomas mensajeras. Se llamaban Diego y Alejandro y les encantaba todo lo que sucedía en el palomar. En la época de cría, se ponían muy orgullosos de ayudar a su papá a poner la anilla identificativa en la patita de los pichones cuando estos cumplían siete u ocho días, se maravillaban de lo rápido que crecían y aprendían a volar, aunque al principio fueran un poco torpes y pudieran caer en las garras de los halcones, estas rapaces siempre patrullaban los cielos del pueblo para ver si pillaban alguna paloma o tórtola despistada.
Ese año, los dos hermanitos tenían un favorito de entre todos los pichones, lo llamaban “el Amarillo”, además de que ese era su color, desde pequeñito había sido diferente a los demás, mientras todo el resto de pichoncitos de pocos días, estaban recubiertos de un espeso plumón amarillo, este no tenía ningún plumón y las pupilas de sus ojos eran rojas, parecía la cría de otro animal y no se parecía en nada a su hermana que estaba junto a él en el nido.
Cuando faltaba poco tiempo para que empezaran las competiciones de palomas mensajeras de esa temporada, Alejandro, Diego y su papá, ya tenían a todo el equipo entrenado y muy fuertes para poder ir a las duras sueltas desde otras islas. Atrás había quedado el verano, en donde los pichones nacidos en primavera, habían cambiado sus plumas sin brillo de pichón, por otras más bonitas y brillantes de paloma adulta.
“Amarillo” y sus compañeros entrenaban muy duro, volando en línea recta de un extremo al otro del pueblo, algunos amigos de su bando habían sido sorprendidos por el halcón cuando eran muy jovencitos y aún no estaban muy fuertes y ágiles, pero ahora no se dejaban sorprender, seguían teniéndole pánico al halcón, pero siempre volaban vigilantes y todas las veces que este les atacó, se escaparon velozmente.
Diego y Alejandro, se ponían muy contentos el día que había que ir al club a llevar las palomas para la suelta de cada fin de semana, pero lo que más les gustaba, era esperar delante de su palomar el día que las palomas regresaban a casa, daban saltos de alegría cuando veían que
“Amarillo” siempre regresaba entre los primeros, muy fuerte y sin signos de fatiga o cansancio.
Una vez que la suelta era desde Tenerife, el papá de Alejandro y Diego, les dijo que tenía una mala noticia, el tiempo había cambiado bruscamente y se había puesto del suroeste cuando el camión con las palomas ya estaba en Tenerife, y que ahora, era muy difícil que suspendieran la suelta, pese a que el papá de Diego y Alejandro junto a otros colombófilos, le pedían a los encargados de los concursos que por favor no soltaran, que si lo hacían, sería un auténtico desastre.
Al día siguiente, se tomó la peor decisión posible y ordenaron soltar. Como era esperado, a las dos horas de ser liberadas, llegaron unas poquitas palomas a sus palomares, de esas que nunca llegan pronto, muchas veces ni en el mismo día de la carrera, pero que curiosamente, en esas sueltas se dejan llevar por el viento y llegan pronto. El resto de palomas, las que acostumbran a remar mucho con sus alas para llegar pronto a su casa, en ese momento, estaban siendo engañadas por el traicionero tiempo suroeste, que las iba desplazando por encima de su isla hacia la inmensidad del mar.., muchas ya no volverían a pisar tierra jamás y caerían al agua cuando las fuerzas las abandonaran y la fatiga y el cansancio acabaran por ganar la batalla por la supervivencia.
Después de doce horas volando sobre el mar, Amarillo ya sólo volaba junto a otras quince palomas, el resto se había ido separando o habían caído al océano. El pequeño grupo de Amarillo, ahora volaba por inercia y sin fuerzas. Era de noche ya y ni siquiera veía bien cuantos compañeros le quedaban cerca, sólo pensaba en estar en su tranquilo palomar, beber mucha agua y comer, luego descansar mucho, pero lo cierto es que en ese momento, volaba en la oscura noche a más de mil kilómetros de su casa.
Cuando ya el pequeño grupo, apenas podía mantener la altura e iban casi rozando las olas, divisaron unas débiles luces, Amarillo pensó que eran alucinaciones por culpa del enorme cansancio, pero la verdad es que las luces cada vez se veían más claras y ya sólo les quedaba dirigirse hacia ellas, o esperar que su cuerpo se paralizase por la fatiga y cayeran al agua rendidas.
Finalmente, esas luces dejaron a la vista la cubierta y el puente de un gran barco mercante lleno de contenedores, hacia lo alto de uno de los
contenedores llegaron casi sin respiración las dieciséis pobres palomas, Amarillo intentó posarse y se quedó sorprendido de aterrizar con el pecho, había intentado tocar el suelo con sus patas, pero estas no habían respondido, a sus compañeros les pasaba lo mismo, tantas horas volando con las patas recogidas bajo la cola, había hecho que estas se adurmieran y por lo tanto no las notaran, después de unos segundos intentando ponerse de pie, Amarillo lo logró y tras él fueron lográndolo las demás, estaban de pie, con el cuello bajo, las alas prácticamente colgando, pero lo más importante es que estaban vivas, aunque no sabían que les ocurriría, sólo podían descansar y esperar la llegada de un nuevo día e intentar dormir. El enorme cansancio hizo que lo lograran, pese a la superficie de frío hierro del contenedor en el que estaban posadas, se fueron quedando profundamente dormidas con el balaceo del barco en las ondas marinas.
Algo estaba molestando en los ojos de Amarillo, al abrirlos se dio cuenta de que eran los rayos del sol, estaba amaneciendo, eso le dio ánimos, aunque no pensaba abandonar la cubierta del buque por ningún motivo.
Cuando ya hacía dos horas que había amanecido, Amarillo notó horrorizado, que tenía tanta sed, que estaba pensando lanzarse al mar a beber agua salada, a sus compañeras supervivientes les pasaba lo mismo y alguna de ellas intentaba coger con la punta de su pico la humedad que la noche había dejado sobre el contenedor.
En esas estaban, cuando vieron que abajo, en cubierta, alguien les silbaba y les enseñaba con un brazo en alto una botella de agua de la que dejaba caer un chorrito, cuando Amarillo comprendió lo que estaba sucediendo, ya varias de las del grupo bajaban hasta donde estaba el hombre, él también bajó, todas bajaron, el marino dejaba caer el chorrito en una taza en la que todas se agolpaban a beber con ansias, hundiendo la cabeza hasta los ojos, bebieron hasta encontrarse mal, los buches llenos, se sentían como globos, pero habían bebido y empezaron a sacudirse y ahuecar el plumaje. El señor que les había dado agua, dejó la taza llena y se fue, pero ahora regresaba con algo en las manos, de una bolsa sacó lentejas que esparció por el suelo, acto seguido hizo lo mismo con una bolsa de arroz. No eran las semillas que Amarillo estaba acostumbrado a comer, pero con tanta hambre, las devoraba deprisa como el resto del grupo.
El hombre era amigo de un colombófilo y sabía las penurias que pasaban las pobres palomas cuando se perdían, por eso en cuanto las vio, decidió ayudarlas.
El día pasó con cierta tranquilidad, todas volvieron a lo alto del contenedor a tomar el sol mientras el barco continuaba su navegación, de tanto en tanto, alguna bajaba a la taza de agua a beber. Así fue pasando el día en el mercante hasta que volvió a anochecer , otra noche fría y húmeda en el océano, pero esta vez al menos habían comido, bebido y descansado y lo más importante, continuaban agarradas a la vida.
A muchísimos kilómetros de allí, Diego y Alejandro, estaban muy tristes, no había llegado ni una de las palomas que enviaron a esa suelta, pero sobre todo, echaban de menos a Amarillo. Le preguntaban a su papá si ya no lo verían más, porque nunca había faltado de ninguna suelta, jamás durmió fuera, siempre llegó de los primeros a su casa y esta vez se iban a sumar dos noches ya por fuera de su palomar. Su papá, estaba convencido de que le ocurrió lo peor, pero al ver las caritas de sus hijos al borde del llanto, no les podía decir que pensaba algo tan malo y en su lugar les decía que quizás se desvió hacia África, o encontró algún barco en el que posarse hasta llegar a tierra. No podía imaginar que en realidad, así había pasado.
De vuelta en el barco, Amarillo dormía en su segunda noche navegando, soñaba que estaba en su palomar, acababa de echar de su casetón a un palomo espabilado que se había metido allí con la idea de quedárselo, ahora arrullaba orgulloso por su victoria y esperaba a ver si venía una pichona con la que había hecho buenas migas, a la que veía algún ratito a la semana y con la que quería formar una familia. Una racha de viento lo despertó de su bonito y cálido sueño, la realidad era muy dura y fría, e intentó volver a dormir. Al poco rato, empezó a salir el sol sobre el horizonte, esta vez el aire olía diferente, no sólo a mar, a carburantes y a hierro, también olía a tierra. El sol siguió subiendo y a lo lejos se divisaba la costa, era baja y verde, no como los de su isla que eran marrones y negras. Después empezaron a aparecer edificaciones, cada vez más y más juntas, luego muelles enormes con muchos barcos, grúas y contendores.
Antes de darse cuenta, Amarillo ya estaba volando, el buque aun no había atracado, pero sus ansias por llegar a casa lo habían impulsado a volar sin pensar, sólo otra de las del grupo había hecho lo mismo y
ambos volaron sobre los pocos centenares de metros de agua que los separaban de tierra firme, luego siguieron volando juntos durante varias horas sobre ciudades, pueblos, campos de cultivo y también ríos, nunca los había visto antes y tampoco había volado tanto rato sin ver el mar, donde él volaba, acostumbraba a que la tierra desapareciera rápidamente para dejar paso otra vez a horas de vuelo sobre el océano hasta llegar a casa. Cuando paró en un riachuelo a beber, descubrió que ya no tenía compañera de vuelo, no recordaba cuando se separaron, pero lo cierto es que estaba sólo, tenía hambre, pero al menos no tenía sed. Justo cuando arrancó a volar otra vez, por el rabillo del ojo vio que algo se aproximaba a él como un rayo desde un bosquecillo cercano, su instinto lo hizo acelerar todo lo que pudo, de repente ya lo tenía encima y tuvo que fintar con toda su habilidad para que no lo atrapara, era un enorme azor con los ojos amarillos como el fuego, era diferente a los halcones de ojos negros que los acosaban desde las alturas en su isla, pero igual de terroríficos y con las mismas intenciones de atraparlo y comerlo, tuvo que volar todo lo fuerte que pudo y hacer varios quiebros para poder esquivarlo e ir dejándolo atrás poco a poco, estuvo cerca, muy cerca, tenía que tener más cuidado de ahora en adelante.
A última hora de la tarde, vio un grupo de palomas que descendían sobre una granja y decidió bajar junto a ellas, quizás hubiera comida allí, tenía mucha hambre.
Al bajar, vio que eran palomas diferentes, estaban algo sucias, su plumaje no brillaba como el suyo, se le veían las moscas planas correteando sobre su cuerpo, además no tenían anilla en sus patas salvo uno. Picoteaban por el suelo en un cercado donde había vacas, había varios tipos de semillas por el piso, estaban sucias, pero el grupo de palomas cimarronas las comían con rapidez, algunas de las semillas estaban aún en las bostas de excremento de las vacas, pero eso no importaba, lo que importaba era comer y sobrevivir y Amarillo imitó al resto y comió cuantas semillas encontró en su deambular por el cercado, luego se fue con el grupo de palomas, no quería pasar la noche solo, además, después de volar todo el día, no había notado nada en su sistema de orientación que le indicara en qué dirección podía estar su casa, estaba tan perdido como cuando volaba sobre el océano dos días antes, eso lo hacía sentir inseguro y vulnerable. Casi oscurecía, cuando el grupo de palomas cimarrones llegó hasta una vieja casa abandonada, sin mucha tardanza, cada una fue buscando un posadero para dormir,
Amarillo se posó junto al viejo palomo que tenía anilla, quería saber porque estaba allí.
Hablaron mucho rato, le explicó que ya llevaba varios años viviendo en esa vieja casa con ese grupo de palomas, que se había perdido en una suelta cuando era muy joven y que nunca supo encontrar el camino de regreso a su palomar, estuvo un tiempo vagando y sorteando peligros hasta que decidió vivir allí y poder disfrutar de una mayor seguridad que le daba el grupo. Seguía habiendo muchos peligros, azores, halcones, gatos, cazadores, cables eléctricos, etc., pero la vida libre era así, había que vivirla y no pensar en nada más. También le contó, que en una ocasión en la que fueron a comer en una granja muy al norte, sintió una punzada en su sistema de orientación, algo en su instinto le decía que si seguía volando hacia el norte, hallaría más pistas que pudieran conducirlo al hogar en el que nació, pero después de tanto tiempo perdido, ya no quiso buscar esas pistas, esta era ahora su vida, en este grupo había pasado la mayor parte de su existencia, había criado hijos, tenía agua de los ríos, comida en las granjas y campos y una vieja casa en la que resguardarse del río de la noche.
Amarillo había escuchado atentamente al viejo palomo mensajero, y pensó para sus adentros, que por mucho tiempo que pasara perdido, si algún día él sentía algo que le hiciera pensar que podía encontrarse cerca de hallar el camino a casa, seguiría esa pista sin dudar, quería volver a su palomar a toda costa, comer en las pequeñas manos de Diego y Alejandro y arrullar sobre el hombro del papá de los niños, con esos pensamientos se quedó dormido, y con esos pensamientos se quedaba dormido cada noche de las semanas y meses que fueron pasando mientras transcurría su vida en el grupo de palomas cimarronas.
Cuando llegaron los fríos más intensos del invierno, se dio cuenta de que en su tierra, jamás había habido ese frío, estaba delgado, su plumaje no brillaba y tenía piojos y moscas planas como el resto. Esto no podía seguir así, o acabaría como el viejo palomo perdido, había una cosa muy clara, el día que se perdieron, tuvieron que verse desviadas hacia el norte aunque ellos en es momento no se daban cuenta, este frío sólo podía darse porque estaba mucho más al norte de su casa de lo que nunca había imaginado y tenía que ir al sur.
Estaba decidido, una mañana especialmente fría, se dirigieron a la granja de vacas a comer como siempre, pudo encontrar muy pocas semillas en el suelo embarrado por la lluvia se dijo así mismo que esa
había sido su última “comida” en la granja, alzó el vuelo en solitario mientras el resto de palomas lo miraba, dio unas cuantas vueltas en círculos cada vez más altos y enfiló hacia el sur.
Después de dos días volando unas cuatro horas por jornada y parando a beber y a comer en donde había aprendido a hacerlo con sus amigas silvestres, llegó hasta una ciudad al borde del mar, había una enorme playa y al sobrevolarla de una punta a la otra, el corazón le dio un vuelco de alegría cuando notó una pequeñísima punzada en su sistema de orientación, volvió a volar a lo largo de la playa varias veces más, pero no notó nada más que esa pequeña punzadita. La única manera de seguir esa pista, parecía venir desde más al sur, o sea, que habría que volar sobre el mar y eso es exactamente lo que haría, aunque no ese día, ya era por la tarde, había que centrarse en buscar un sitio donde pasar la noche y a ser posible algo de comer, no pensaba meterse sobre el mar a volar sin haber comido decentemente.
Se dirigió hacia la bonita ciudad, en la que había edificaciones antiguas, rías, cuarteles, plazas y muchas palomas de ciudad, de estas últimas, también había visto un rato antes en la playa que sobrevoló. En una de las plazas, había una gran cantidad de estas palomas, también tórtolas picoteando por el suelo, bajó hasta donde estaban y se puso a buscar, era inútil, solo había alguna migaja de pan de vez en cuando, de las que se le caían del bocadillo a los niños, o de pan duro que desmigajaban unos ancianos, no conseguía pillar ni una miguita, cada vez que veía una, muchas palomas se tiraban como locas y llegaban mucho antes que él, era frustrante, allí no iba a conseguir comer nada, así que bebió en una fuente que había en la plaza y volvió a volar y a buscar otra vez.
Sobrevolando la ciudad, vio un bandito de palomas que volaba con energías, con mucha alegría, por el placer de hacerlo, como él hacía en su casa cada día con sus compañeras de palomar, se unió a ellas y voló con su ritmo hasta que su dueño las llamó a silbidos para que bajaran. El bando al completo bajó hasta la azotea de una casa y empezaron a entrar a comer. Amarillo se quedó fuera mirando y el dueño del palomar al verlo, le tiró un puñado de semillas en el suelo de la azotea, se puso a comerlas con ansias hasta que se acabaron, luego el hombre extendió su mano con más semillas y Amarillo no dudó en comer en la mano que le ofrecía comida, mientras comía, se dejó coger, el hombre lo inspeccionó detenidamente, había visto que esa paloma había pasado muchas penurias, pero que tuvo un dueño muy dedicado, porque era muy manso y aun conservaba la anilla de concurso. Lo metió en un
casetón tras administrarle un insecticida en todo el plumaje. En el casetón había una tacita con agua, otra con comida y un pequeño posadero en un lateral, era todo cuanto Amarillo necesitaba para recuperarse y estar fuerte, no sabía lo que le esperaba al otro lado del mar, pero seguro que era algo muy duro.
Así pasaron varios días, siempre tuvo agua y comida en sus tacitas, pero ya no estaba a gusto en el casetón, se sentía fuerte y quería salir de allí, revoloteaba por el pequeño habitáculo luchado por salir, este comportamiento no pasó desapercibido para el colombófilo que lo cuidaba y esa tarde, mientras le ponía agua limpia y comida, le dijo: “palomito, mañana por la mañana te dejaré libre, si no encuentras tu camino, ya volverás por aquí”.
Al día siguiente muy temprano, el hombre cumplió lo que había dicho, cogió a Amarillo en sus manos, admiró una vez más sus hermosas y equilibradas líneas junto a su extraño color y lo dejó en libertad. El objetivo estaba claro y fijado, Amarillo enfiló hacia la gran playa, ahí dio dos círculos y se metió en el mar, hacia lo desconocido.
Nada más empezar a volar sobre el océano, intuyó que no tardaría mucho tiempo sobrevolando agua, no se equivocaba, no llevaba ni una hora volando desde que lo liberaron y ya había cruzado un trozo de mar y entraba de lleno sobre la tierra otra vez, una costa seca y marrón por muchas zonas que le recordaba a las de su isla, seguía sintiendo esa punzada en su sistema de orientación y lo que era mejor, las notaba cada vez un poquito más intensas y eso le daba más energía para seguir volando a lo largo de la costa, en dirección sur siempre.
Su instinto siempre continuaba alerta, pese que solo quería llegar cuanto antes a casa. Volar con el instinto alerta, significaba no ir tan deprisa como él quisiera ir, pero así tampoco gastaba sus energías a lo loco, no tenía ni idea de lo que le esperaba por delante. Gracias a esa vigilancia, pudo ver como un halcón bajaba hacia él como una maldición, el corazón le latía muy deprisa, pero no huyó rápidamente hacia el suelo, esperó hasta casi el momento en el que el halcón iba a golpearlo y justo en ese momento se jugó su vida en un solo y ágil quiebro, el halcón pasó a pocos centimetros de él con un silbido de aire aterrador, ahí es cuando Amarillo aprovechó para lanzarse hacia el suelo como un rayo, justo llegando a la protección de una palmera, el halcón se había pegado otra vez a su cola, otro quiebro mientras entraba veloz a través de las hojas de la palmera y el halcón que pasaba por encima suyo con su silbido de
aire otra vez. Amarillo, se quedó jadeando dentro de la palmera, no le quitaba el ojo de encima al halcón mientras hacía tornos sobre el escondite , el bicho estaba esperando, por si Amarillo con el nerviosismo salía desde su refugio, pero de ninguna manera iba a hacer eso, el valiente palomito intentaba poner su corazón y su respiración en un ritmo normal en lo que seguía mirando lo que el halcón estaba haciendo. Había pasado por esto demasiadas veces para la edad que tenía, en su isla había muchos halcones, los conocía y le habían perseguido desde que era pinchoncillo, este incidente no le haría perder demasiado tiempo, sólo quería que el halcón desapareciera para reanudar su vuelo y en cuanto había pasado un ratito de que la rapaz se dirigió al norte, Amarillo abandonó su refugio en la palmera, lo hizo con mucha precaución, volando muy pegado al suelo y mirando en todas direcciones.
Ya llevaba un buen rato volando de esa forma, cuando creyó que ese halcón en particular, no le causaría más problemas y era hora de acelerar un poco para recuperar algo del tiempo perdido, aunque tenía previsto seguir volando pegado a la costa y prácticamente rozando el suelo.
Estuvo volando así todo el día, no podía parar porque cada vez más, su instinto de orientación le daba más señales poderosas de que iba en buen camino.
Llegó ya de noche a una pequeña localidad pesquera, el haber apurado tanto su vuelo, no le dio opciones de buscar un buen sitio donde dormir, así que con las luces de la ciudad, pudo ver los edificios y escogió uno rápidamente, no quería golpearse con un cable en la noche. Cuando ya llevaba un rato posado, fue cuando empezó a notar la fatiga por el día completo volando, quería beber, pero sobre todo quería que amaneciera para seguir volando, sentía que lograría llegar a casa.
Al amanecer ya estaba listo para continuar, se sacudió el plumaje y volvió a volar, otra vez al sur, aunque algo tiraba de él hacia el mar, su instinto le decía que su objetivo estaba a su derecha, hacia el sureste, pero él, siguió volando un buen rato más por la costa hasta que ya las punzadas eran muy fuertes y tuvo que hacer caso a su orientación, dio un giro a la derecha y ya estaba volando sobre el océano, cogió algo más de altura y voló seguro y sin prisas hacia donde le marcaba su brújula interior, no quería equivocarse por culpa de las prisas, como le ocurrió el día que se perdió hacía ya tiempo.
Llevaba ya un buen rato sobrevolando el mar, cuando divisó a lo lejos una costa árida no sabía por qué, pero lo esperaba, así que se dirigió hacia ella con seguridad y volvió a bajar la altura de su vuelo. Al llegar, se adentró en tierra y llegó un momento en el que su cerebro le marcó que ya había estado allí, estaba agotado, pero sabía que estaba cerca. Se posó un rato en unas casitas de un pueblo, así descansaría y decidiría la nueva dirección que tenía que tomar. Después de un ratito allí, tenía muy claro que tenía que volar ahora hacia el noreste, estaba en un sitio conocido para él, en una isla que estaba al sur de la suya y ya había volado antes por donde lo hacía ahora, siguió volando por esta isla hasta llegar a su extremo norte, ahí había que cruzar un trocito más de mar, pero no importaba, la que se veía claramente al oro lado de ese trozo de mar era Lanzarote, la isla en la que había nacido.
Aunque ya era casi media tarde, y la última vez que había comido y bebido fue en el amanecer del día anterior, no sentía tanta hambre y fatiga como otras veces, ya estaba llegando a las costas de su tierra y lo único que importaba era llegar a casa. Tendría mucho cuidado en los kilòmetros que le faltaban por hacer, su vuelo ya no estaba tan fuerte y ágil, por mucho entusiasmo que él tuviera y es que llevaba casi dos días enteros seguidos volando sin parar. Sabía en qué sitios de Lanzarote tenía más probabilidades de sufrir otra emboscada de halcón y no pensaba dejarse sorprender ahora que estaba cansado. Ese rato volando fatigado en contra del viento sobre su propia isla, se le hizo eternamente largo, pero finalmente llegó a casa, dio dos giros triunfales de alegría alrededor del palomar y terminó por posarse en la tabla de entrada.
Enseguida empezó a arrullar orgulloso, pero cuando fue a entrar, se encontró la trampilla cerrada.
Diego y Alejandro, estaban jugando fuera con sus camioncitos y excavadoras, ellos habían visto a Amarillo llegar y en cuanto lo reconocieron, fueron corriendo a llamar a su padre y darle la noticia a grito vivo, los dos se atropellaban al contárselo a su papá.
¡¡Papá, papá, Amarillo está en el palomar y no puede entrar!!
¡¡Corre, corre, papá!!
Su papá, no creía que fuese Amarillo el que estaba fuera, pero hizo caso a sus hijos y salió a mirar.
Aunque lo estaba viendo con sus propios ojos, seguía sin poder creer que se tratara de Amarillo, allí estaba, más mayor, con el plumaje algo descolorido y con signos de haber volado mucho, le abrió la trampilla y lo dejó entrar, enseguida fue a beber y luego a su casetón, allí había otro palomo que no quiso luchar al ver la decisión con la que Amarillo había ido a su posadero.
Alejandro, Diego y Papá estaban contentísimos y emocionados de volver a tenerlo en el palomar. Amarillo bajó a comer de la mano de los niños en cuanto le enseñaron la comida.
¿Dónde estabas Amarillito? Le preguntaban los pequeños.
El papá les dijo, que Amarillo había luchado por volver a casa, que nunca sabrían en donde había estado y por las cosas que había pasado, pero que desde ahora, se quedaría en el palomar para siempre y que sería el padre de palomas mensajeras fuertes y luchadoras como él.
Fin

Cuento realizado por nuestro compañero forista Toño de la Santa y publicado con su autorización

Etiquetas

Opciones de visualización de comentarios

Seleccione la forma que prefiera para mostrar los comentarios y haga clic en «Guardar las opciones» para activar los cambios.
V.QUINTANA
Imagen de V.QUINTANA
Muy emotivo y entrañable

Muy emotivo y entrañable relato Sr.Toño el cual esta muy cerca de la gran realidad de lo que les suceden a nuestros sufridos y extraordinarios ejemplares.
A mi personalmente me ha gustado mucho y queria darselo a entender

Saludos

V.QUINTANA
Imagen de V.QUINTANA
Muy emotivo y entrañable

Muy emotivo y entrañable relato Sr.Toño el cual esta muy cerca de la gran realidad de lo que les suceden a nuestros sufridos y extraordinarios ejemplares.
A mi personalmente me ha gustado mucho y queria darselo a entender

Saludos

toño de la santa
Imagen de toño de la santa
Gracias

Gracias señor Quintana, la verdad es que lo escribí con la única intención de entretener a mis hijos, a los cuales les invento todo tipo de historias cortas sobre la marcha, esta la elaboré un poco más porque iba sobre algo que conozco desde niño. Cuando mi amigo Luciano lo leyó hace dos semanas mientras esperaba palomas en mi casa y me dijo que le gustó mucho, decidí enviárselo a mis amigos, luego alguno de estos me ha pedido que lo comparta y eso es lo que he hecho tras superar un poco la vergüenza que me daba hacerlo jeje, me alegro que aparte de mis hijos , le haya gustado a algunas personas más.

Pedro Déniz
Imagen de Pedro Déniz
Felicidades Toño por ese magnífico relato

Cuando vi la publicación, sin leerlo, medí el tamaño de la misma, leí el último párrafo para decidir si merecía la pena perder el tiempo con su lectura, me pareció muy largo, pensé, comenzaré a leerlo y si me aburro lo dejó. Te diré que no pude abandonar su lectura, atrapado por su encanto llegué hasta el final de un tirón. Si preparas unos dibujos de Amarllo hechos por tus hijos para la portada y para acompañar el texto te quedará perfecto para una publicación como cuento infantil.

Felicidades nuevamente.

Un saludo
Pedro Déniz

PD: a mis dos hijos de 6 y 7 años seguro que les gustará tu relato.

toño de la santa
Imagen de toño de la santa
Gracias Pedro

Para ser honesto, yo también he dejado de leer un texto si es muy extenso, nunca me ha costado leer lo que haga falta en papel, pero no se por qué, en el ordenador me cuesta un poco más.

MARTIN SANTANA CRUZ
Imagen de MARTIN SANTANA CRUZ
El Pichon Amarillo de Toño.

La verdad que en mi casa les ha gustado mucho el cuento de Amarillo y también alguna lagrima vi por alli. He vivido una experiencia muy parecida con un pichon que me vino de Casablanca(Marruecos) a los 32 dias, y es ese el motivo que me ha encantado lo escrito por Toño, ya que en un momento lo hice mio inmediatamente.

Gracias a Toño por esa sesibilidad al hacer el relato.

Saludos
Martin Santana

toño de la santa
Imagen de toño de la santa
Gracias a ti

Gracias a ti por haberte tomado la molestia de leerlo, la verdad es que me alegra mucho que a la gente le haya gustado, en mi club se han dirigido a mi personalmente varios compañeros para hacerme saber que les había gustado el relato, si no es porque un adulto como el amigo Ciano lo lee y me dice que le ha gustado mucho, solo hubiera tenido dos lectores , mis hijos Diego y Alejandro , aunque todo sea dicho , me sentí satisfecho con su sola reacción, las demás son plus que como ya dije me alegran mucho.

Inicie sesión para enviar comentarios

view counter

Última imagen

.

Imagen aleatoria

Dirección e intensisdad del viento para el fondo alta mar 01-07-2012

Encuesta

¿Como colombófilo, qué especialidad en viajes le gusta mas?
Velocidad
7%
Velocidad y Medio Fondo
14%
Fondo y Medio Fondo
46%
Todas
27%
Ninguna, con viajar palomas me conformo
7%
Total de votos: 181